Los resultados de la primera vuelta de las elecciones presidenciales han puesto fin a la polémica sobre el futuro de la Concertación. La coalición que gestionó, con grandes éxitos y pero también con errores, la transición a la democracia, se encuentra al borde de la desaparición, víctima de su incapacidad de renovarse y del afán de sus líderes de perpetuarse en las instancias de poder.
Las elecciones del 13 de diciembre marcaron el advenimiento de un nuevo escenario, que exije acciones responsables, audaces e inmediatas para el logro de un amplio consenso de las fuerzas progresistas, a fin impedir que Chile caiga en manos del conservadurismo revanchista, personalizado en Sebastián Piñera.
De ahí, la urgencia extrema de crear un nuevo y amplio referente progresista, que incluya lo que resta de la Concertación, el Partido Comunista y los sectores que respaldan a Marco Enríquez-Ominami,
Pero, para ello, los dirigentes políticos que propiciaron con su inmovilismo la actual situación deben asumir sus responsabilidades y abandonar sus cargos ya, ahora, sin dilación. Se equivocan profundamente aquellos que esgrimen como argumento el “mal menor” como el instrumento para la captación del voto progresista del 27 por ciento de los chilenos que respaldaron a Marco Enríquez-Ominami y a Jorge Arrate para la candidatura de Eduardo Frei.
La suma de voluntades y esfuerzos para que el país avance por la vía del progresismo inclusivo, demanda cambios ahora, pues ya los gestos no bastan. Hay que demostrarle a la ciudadanía con hechos, y no palabras, que su voz ha sido oída y asumir nuevas formas de hacer política, con transparencia y amplitud, relegando al pasado el hermetismo de las elites, más preocupadas de su propia conservación que del proyecto que dicen representar.
El desafío que afrontan hoy los progresistas responsables es conseguir cuanto antes un nuevo consenso, que permita reformular el programa de campaña electoral sobre nuevas bases, con nuevas ideas, nuevas fuerzas y nuevas personas. Tiempo hay, pero muy poco. Lo que falta es valor y decisión.
miércoles, 16 de diciembre de 2009
Con Urgencia Valor y decisión
lunes, 11 de mayo de 2009
De agotamientos, coprolalias y otras yerbas o simplemente ya es hora de tener el pelo libre.
No estaba muerta ni andaba de parranda. Solamente una aridez intelectual me ha mantenido desértica. El día que decidí ir a un taller literario con Jaime Collyer abandoné mi blog. Ha corrido mucha agua debajo del puente entre la coprolalia de Escalona, la proclamación de Arrate por el Juntos Podemos, la lucha de Navarro por aparecer en las encuestas y qué decir del Partido de los Jiles y la perfomance de su candidata “Imagen estética” para ganar pantalla.
Las tentaciones han sido muchas y no me he resistido a la seducción on-line luego de escuchar La Marcha de la Bronca de los años 70 …”bronca cuando a plena luz del día sacan a pasear su hipocresía… no puedo ver tanta mentira organizada… es mejor tener el pelo libre que la libertad con fijador”. Gracias, Cantilo y Durietz , por sacarme de este letargo y monotonía.
Las declaraciones de Lagos sobre su aburrimiento con la política en Chile me llegaron profundamente, así como las palabras de Flores de que no hay preguntas a la altura de su nivel y las de Escalona acerca de que no existe el cuoteo político –entre otras más-, me confirmaron una vez más la suerte de haber nacido en un país maravilloso que, no obstante pequeño, exhibe políticos tan inteligentes.
Tanta inteligencia a mi alrededor creo que me ha afectado y, a veces, leyendo la prensa o conversando con mis amigos, tengo la impresión de que vivimos en mundos paralelos donde las palabras pueden significar todo como nada. Es una suerte de esquizofrenia, donde lo que ayer fue bueno hoy puede ser malo. Coherencia, disciplina, continuidad, transparencia ¿qué es eso?
La sede partidaria se ha convertido en una medina donde todo se negocia. Sin embargo, olvidaron que el agotamiento no es un bien para transar y que puede crecer en progresión geométrica. Que hasta los más disciplinados también nos podemos cansar.
Así que en este espacio virtual quiero declararme en rebeldía. Me aburrí de la política oficial socialista. Sí, me agotó la ingeniería política de algunos que se han apropiado de nuestro patrimonio histórico, cultural y de cada uno de los espacios de discusión que el Partido Socialista en algún momento tuvo. Me superó la disciplina. Es decir, eso de ir agachando la cabeza o poniendo la cara por decisiones que toman algunos a nombre de todos.
Votaré por un socialista en diciembre. Jorge Arrate pudo haber sido mi candidato, pero en el pasado tuvo oportunidades no despreciables para bajarse por la izquierda y no lo hizo. De modo que votaré por Marco Enriquez-Ominami, porque efectivamente Chile cambió.
Las tentaciones han sido muchas y no me he resistido a la seducción on-line luego de escuchar La Marcha de la Bronca de los años 70 …”bronca cuando a plena luz del día sacan a pasear su hipocresía… no puedo ver tanta mentira organizada… es mejor tener el pelo libre que la libertad con fijador”. Gracias, Cantilo y Durietz , por sacarme de este letargo y monotonía.
Las declaraciones de Lagos sobre su aburrimiento con la política en Chile me llegaron profundamente, así como las palabras de Flores de que no hay preguntas a la altura de su nivel y las de Escalona acerca de que no existe el cuoteo político –entre otras más-, me confirmaron una vez más la suerte de haber nacido en un país maravilloso que, no obstante pequeño, exhibe políticos tan inteligentes.
Tanta inteligencia a mi alrededor creo que me ha afectado y, a veces, leyendo la prensa o conversando con mis amigos, tengo la impresión de que vivimos en mundos paralelos donde las palabras pueden significar todo como nada. Es una suerte de esquizofrenia, donde lo que ayer fue bueno hoy puede ser malo. Coherencia, disciplina, continuidad, transparencia ¿qué es eso?
La sede partidaria se ha convertido en una medina donde todo se negocia. Sin embargo, olvidaron que el agotamiento no es un bien para transar y que puede crecer en progresión geométrica. Que hasta los más disciplinados también nos podemos cansar.
Así que en este espacio virtual quiero declararme en rebeldía. Me aburrí de la política oficial socialista. Sí, me agotó la ingeniería política de algunos que se han apropiado de nuestro patrimonio histórico, cultural y de cada uno de los espacios de discusión que el Partido Socialista en algún momento tuvo. Me superó la disciplina. Es decir, eso de ir agachando la cabeza o poniendo la cara por decisiones que toman algunos a nombre de todos.
Votaré por un socialista en diciembre. Jorge Arrate pudo haber sido mi candidato, pero en el pasado tuvo oportunidades no despreciables para bajarse por la izquierda y no lo hizo. De modo que votaré por Marco Enriquez-Ominami, porque efectivamente Chile cambió.
jueves, 5 de marzo de 2009
De (des)encuentros, negaciones y otras yerbas o simplemente Cristina Morales
Una y otra vez venía a su mente ese encuentro. Era una imagen e historia recurrente. De esos años, en general no acostumbraba a contar muchas cosas, pero cada cierto tiempo a más de alguien le relataba la misma historia:
A comienzo de los 80, caminando por las calles de Santiago iba con un compañero muy concentrados en las labores que debían cumplir y cuidando no tener cola, es decir, que no los siguieran. Diez minutos antes se habían encontrado en el punto convenido. Y pasó lo inesperado, aquello que uno cree que nunca le va a pasar. A otros sí, pero por supuesto, a uno no. Más de alguna vez habían escuchado historias de este tipo… pero a quién no le ha pasado que cuando va a hacer un punto se encuentra con… etc… etc… En esa oportunidad, le tocó a ella.
Una joven, cuyos ojos nunca olvidaría por la emoción y alegría que transmitían, se acercó y le dijo: tú eres fulana, con los dos nombres y los dos apellidos, con una seguridad que no dejaba posibilidad de replicar que estaba equivocada. Ella la miró y, no obstante la emoción, reaccionó enseguida. No, me estás confundiendo. La joven insistió y le contó que había tenido una compañera en el colegio y que eran casi iguales, se parecían tanto, que incluso la voz la tenían parecida. A medida que ella le explicaba que su cara era muy común que siempre la confundían, que lo sentía mucho pero que ella no era la persona que creía, la alegría fue desapareciendo de esos ojos.
Siguió su andar. El compañero, que la miraba de reojo para ver el efecto del encuentro, se preguntaba si sería ese su nombre. La siguió observando, pero el rostro de ella era el de siempre; no revelaba huellas de inquietud, nostalgia o desagrado. No hubo preguntas ni comentario anecdótico: las normas mínimas de seguridad lo impedían. En la incertidumbre de si existiría un minuto siguiente de sus vidas, el encuentro quedó ahí… aparentemente en el olvido, sin importancia.
Pero ella nunca pudo olvidar ese des-encuentro, trataba de recordar cuál de sus compañeras de curso sería, esos ojos abiertos y alegres seguían grabados en su mente. Al contrario, siempre que podía contaba la historia y concluía diciendo: tengo que saber quién era, aunque sea lo último que haga. En algunos momentos de su vida llegó a pensar que la única vez que alguien había expresado tal alegría en sus ojos al encontrarla había sido en esa oportunidad.
En la oficina suena el teléfono. Es María Luisa, una ex compañera de curso con la que después de muchos años se habían encontrado en internet. La plática fluye con facilidad, como si solamente ayer la hubiesen interrumpido. En medio de la conversación, María Luisa le cuenta que las compañeras de curso se han empezado a juntar, que estaban aprovechando las tecnologías de redes para ubicar al máximo posible de ellas. Entre las que se ha contactado está la Cristina Morales, dice al pasar.
A comienzo de los 80, caminando por las calles de Santiago iba con un compañero muy concentrados en las labores que debían cumplir y cuidando no tener cola, es decir, que no los siguieran. Diez minutos antes se habían encontrado en el punto convenido. Y pasó lo inesperado, aquello que uno cree que nunca le va a pasar. A otros sí, pero por supuesto, a uno no. Más de alguna vez habían escuchado historias de este tipo… pero a quién no le ha pasado que cuando va a hacer un punto se encuentra con… etc… etc… En esa oportunidad, le tocó a ella.
Una joven, cuyos ojos nunca olvidaría por la emoción y alegría que transmitían, se acercó y le dijo: tú eres fulana, con los dos nombres y los dos apellidos, con una seguridad que no dejaba posibilidad de replicar que estaba equivocada. Ella la miró y, no obstante la emoción, reaccionó enseguida. No, me estás confundiendo. La joven insistió y le contó que había tenido una compañera en el colegio y que eran casi iguales, se parecían tanto, que incluso la voz la tenían parecida. A medida que ella le explicaba que su cara era muy común que siempre la confundían, que lo sentía mucho pero que ella no era la persona que creía, la alegría fue desapareciendo de esos ojos.
Siguió su andar. El compañero, que la miraba de reojo para ver el efecto del encuentro, se preguntaba si sería ese su nombre. La siguió observando, pero el rostro de ella era el de siempre; no revelaba huellas de inquietud, nostalgia o desagrado. No hubo preguntas ni comentario anecdótico: las normas mínimas de seguridad lo impedían. En la incertidumbre de si existiría un minuto siguiente de sus vidas, el encuentro quedó ahí… aparentemente en el olvido, sin importancia.
Pero ella nunca pudo olvidar ese des-encuentro, trataba de recordar cuál de sus compañeras de curso sería, esos ojos abiertos y alegres seguían grabados en su mente. Al contrario, siempre que podía contaba la historia y concluía diciendo: tengo que saber quién era, aunque sea lo último que haga. En algunos momentos de su vida llegó a pensar que la única vez que alguien había expresado tal alegría en sus ojos al encontrarla había sido en esa oportunidad.
En la oficina suena el teléfono. Es María Luisa, una ex compañera de curso con la que después de muchos años se habían encontrado en internet. La plática fluye con facilidad, como si solamente ayer la hubiesen interrumpido. En medio de la conversación, María Luisa le cuenta que las compañeras de curso se han empezado a juntar, que estaban aprovechando las tecnologías de redes para ubicar al máximo posible de ellas. Entre las que se ha contactado está la Cristina Morales, dice al pasar.
No atinaba a creerlo: era la respuesta a la pregunta que la acompañó durante años. María Luisa le comenta que Cristina contó que en una oportunidad le pareció encontrarla, pero al parecer era otra persona, aunque hasta el día de hoy está con la duda si era ella o no.
Al fin sabía su nombre… Cristina… Ahora podría darle una explicación. Necesitaba verla y explicarle, hacer de Cristina la depositaria de todas las explicaciones para aquellos que sin querer y sin poder no pudimos saludar ni ver en esos largos años de tinieblas.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

