lunes, 11 de mayo de 2009

De agotamientos, coprolalias y otras yerbas o simplemente ya es hora de tener el pelo libre.


No estaba muerta ni andaba de parranda. Solamente una aridez intelectual me ha mantenido desértica. El día que decidí ir a un taller literario con Jaime Collyer abandoné mi blog. Ha corrido mucha agua debajo del puente entre la coprolalia de Escalona, la proclamación de Arrate por el Juntos Podemos, la lucha de Navarro por aparecer en las encuestas y qué decir del Partido de los Jiles y la perfomance de su candidata “Imagen estética” para ganar pantalla.

Las tentaciones han sido muchas y no me he resistido a la seducción on-line luego de escuchar La Marcha de la Bronca de los años 70 …”bronca cuando a plena luz del día sacan a pasear su hipocresía… no puedo ver tanta mentira organizada… es mejor tener el pelo libre que la libertad con fijador”. Gracias, Cantilo y Durietz , por sacarme de este letargo y monotonía.

Las declaraciones de Lagos sobre su aburrimiento con la política en Chile me llegaron profundamente, así como las palabras de Flores de que no hay preguntas a la altura de su nivel y las de Escalona acerca de que no existe el cuoteo político –entre otras más-, me confirmaron una vez más la suerte de haber nacido en un país maravilloso que, no obstante pequeño, exhibe políticos tan inteligentes.

Tanta inteligencia a mi alrededor creo que me ha afectado y, a veces, leyendo la prensa o conversando con mis amigos, tengo la impresión de que vivimos en mundos paralelos donde las palabras pueden significar todo como nada. Es una suerte de esquizofrenia, donde lo que ayer fue bueno hoy puede ser malo. Coherencia, disciplina, continuidad, transparencia ¿qué es eso?

La sede partidaria se ha convertido en una medina donde todo se negocia. Sin embargo, olvidaron que el agotamiento no es un bien para transar y que puede crecer en progresión geométrica. Que hasta los más disciplinados también nos podemos cansar.

Así que en este espacio virtual quiero declararme en rebeldía. Me aburrí de la política oficial socialista. Sí, me agotó la ingeniería política de algunos que se han apropiado de nuestro patrimonio histórico, cultural y de cada uno de los espacios de discusión que el Partido Socialista en algún momento tuvo. Me superó la disciplina. Es decir, eso de ir agachando la cabeza o poniendo la cara por decisiones que toman algunos a nombre de todos.

Votaré por un socialista en diciembre. Jorge Arrate pudo haber sido mi candidato, pero en el pasado tuvo oportunidades no despreciables para bajarse por la izquierda y no lo hizo. De modo que votaré por Marco Enriquez-Ominami, porque efectivamente Chile cambió.

jueves, 5 de marzo de 2009

De (des)encuentros, negaciones y otras yerbas o simplemente Cristina Morales



Una y otra vez venía a su mente ese encuentro. Era una imagen e historia recurrente. De esos años, en general no acostumbraba a contar muchas cosas, pero cada cierto tiempo a más de alguien le relataba la misma historia:

A comienzo de los 80, caminando por las calles de Santiago iba con un compañero muy concentrados en las labores que debían cumplir y cuidando no tener cola, es decir, que no los siguieran. Diez minutos antes se habían encontrado en el punto convenido. Y pasó lo inesperado, aquello que uno cree que nunca le va a pasar. A otros sí, pero por supuesto, a uno no. Más de alguna vez habían escuchado historias de este tipo… pero a quién no le ha pasado que cuando va a hacer un punto se encuentra con… etc… etc… En esa oportunidad, le tocó a ella.

Una joven, cuyos ojos nunca olvidaría por la emoción y alegría que transmitían, se acercó y le dijo: tú eres fulana, con los dos nombres y los dos apellidos, con una seguridad que no dejaba posibilidad de replicar que estaba equivocada. Ella la miró y, no obstante la emoción, reaccionó enseguida. No, me estás confundiendo. La joven insistió y le contó que había tenido una compañera en el colegio y que eran casi iguales, se parecían tanto, que incluso la voz la tenían parecida. A medida que ella le explicaba que su cara era muy común que siempre la confundían, que lo sentía mucho pero que ella no era la persona que creía, la alegría fue desapareciendo de esos ojos.

Siguió su andar. El compañero, que la miraba de reojo para ver el efecto del encuentro, se preguntaba si sería ese su nombre. La siguió observando, pero el rostro de ella era el de siempre; no revelaba huellas de inquietud, nostalgia o desagrado. No hubo preguntas ni comentario anecdótico: las normas mínimas de seguridad lo impedían. En la incertidumbre de si existiría un minuto siguiente de sus vidas, el encuentro quedó ahí… aparentemente en el olvido, sin importancia.

Pero ella nunca pudo olvidar ese des-encuentro, trataba de recordar cuál de sus compañeras de curso sería, esos ojos abiertos y alegres seguían grabados en su mente. Al contrario, siempre que podía contaba la historia y concluía diciendo: tengo que saber quién era, aunque sea lo último que haga. En algunos momentos de su vida llegó a pensar que la única vez que alguien había expresado tal alegría en sus ojos al encontrarla había sido en esa oportunidad.

En la oficina suena el teléfono. Es María Luisa, una ex compañera de curso con la que después de muchos años se habían encontrado en internet. La plática fluye con facilidad, como si solamente ayer la hubiesen interrumpido. En medio de la conversación, María Luisa le cuenta que las compañeras de curso se han empezado a juntar, que estaban aprovechando las tecnologías de redes para ubicar al máximo posible de ellas. Entre las que se ha contactado está la Cristina Morales, dice al pasar.

No atinaba a creerlo: era la respuesta a la pregunta que la acompañó durante años. María Luisa le comenta que Cristina contó que en una oportunidad le pareció encontrarla, pero al parecer era otra persona, aunque hasta el día de hoy está con la duda si era ella o no.

Al fin sabía su nombre… Cristina… Ahora podría darle una explicación. Necesitaba verla y explicarle, hacer de Cristina la depositaria de todas las explicaciones para aquellos que sin querer y sin poder no pudimos saludar ni ver en esos largos años de tinieblas.

martes, 24 de febrero de 2009

De febreros desiertos en Santiago y otras yerbas o simplemente un cuento


Simplemente sucedió saliendo del estacionamiento. Como todos los días, dejó el auto, tomó sus cosas y descendió en ascensor. Lo mismo de siempre; bajaba del sexto piso del aparcamiento, cargando su cartera, su almuerzo y el notebook. Era un día más de rutina agobiadora.

Al salir, su mirada se cruzó con la persona que iba entrando en el recinto. Fue cosa de segundos. Él de repente le habló y ella se detuvo y dio media vuelta. Él la miraba intensamente buscando algo en su memoria y de súbito dijo: “Disculpa pero… te conozco”. Ella también hurgó en sus recuerdos y recordó.

Habían pasado treinta y cuatro años. Eran jóvenes unidos por un ideal. Sus nombres eran otros. Cuándo o cómo sucedió ya no recordaba, pero sus bocas se unieron en un profundo beso que traspasó todas las fronteras. Solían encontrarse en diversos lugares, siendo las Colinas de Lenin el predilecto, arrimados a un abedul, sus bocas se encontraban una y otra vez. Toda la pasión y el deseo se manifestaban en esos besos.

Ella era más joven, sin experiencia y el máximo placer que conocía su cuerpo eran sus besos. Seguramente, él así lo entendió y por eso nunca rompió el embrujo. La vida los llevó por diferentes caminos. Nunca supo nada de él ni siquiera cuál era su verdadero nombre.

Sí, claro que nos conocemos, no te había reconocido, dijo ella. Mientras brotaban las palabras, su mente se quedó en las imágenes de esa época juvenil. Quedaron paralizados conversando. Él, diciendo que tenía que ir a terreno; ella, cargando su pesado notebook, pero ninguno hacía amago de terminar la magia del encuentro. Ella lo invitó a su oficina a tomar un café. No obstante lo atrasado que estaba, él no pudo ni quiso negarse y siguieron conversando sin desviar la mirada el uno del otro. Hablaron de sus respectivos trabajos, de los países por donde habían transitado, de los hijos y, como al pasar, él mencionó que se había separado y ella le contó lo mismo a él. El tiempo volaba, la conversación fluía y sus miradas seguían atadas. En cierto momento él volvió a la realidad y dijo: tengo que irme. Sí, repondió ella, tenemos que trabajar.

Durante la jornada ella en varias ocasiones recordó el encuentro de la mañana, pero por sobre todo su mente rebobinó 34 años. Llegó un momento después del cual no pudo concentrarse más y el trabajo dejo de cundir, de modo que decidió irse más temprano de lo habitual y seguir trabajando en su casa.

Cerró la oficina. Caminó lentamente hasta el estacionamiento mientras repasaba los acontecimientos de esa mañana. Iba en eso cuando levantó la vista y nuevamente sus miradas se cruzaron: él salía y ella entraba. Sonrieron. Dos veces en un mismo día después de 34 años era mucho. Supieron que los dos tenían el vehículo en el mismo lugar. Las palabras volvieron a brotar, pero en un momento ella dijo: “Ya me voy. Nos hablamos”. Apurada, como si tuviera algo urgente que hacer, se dirigió hacia el ascensor. No recordaba si le había dado su teléfono, en todo caso él ya sabía donde estaba su oficina.

Quizás él la buscaría o talvez tendrían que pasar muchos años para que volvieran a encontrarse. La primera vez que se vieron ella era demasiado joven; la próxima ambos podrían ser demasiado viejos…